
Gira ideológica: Kast en Europa y el riesgo de gobernar en clave de tribu
En un mundo polarizado, un país mediano no puede darse el lujo de convertir su cancillería en un comité de fans.
Por Felipe Nogués, periodista.
José Antonio Kast llegó a Bruselas y, sin mayor rodeo, puso sobre la mesa el marco interpretativo de su viaje: reuniones con organizaciones afines, encuentros con parlamentarios europeos y una agenda privada con tres referentes del conservadurismo continental —Santiago Abascal, Viktor Orbán y Giorgia Meloni—, todo en el contexto de un foro internacional que prioriza banderas culturales y una lectura “civilizatoria” de la política.
Hasta aquí, nada ilegal ni clandestino. El problema es otro: ¿qué gana Chile con esto?
Porque, si uno mira el itinerario real y los mensajes públicos, cuesta encontrar un beneficio país que sea medible y verificable. No hay anuncios de inversión, no se conocen acuerdos técnicos, no existe una agenda concreta con instituciones económicas multilaterales, ni señales de una estrategia comercial o energética con resultados a la vista. En cambio, abundan los gestos identitarios: fotos, redes, discursos sobre “ismos”, y la búsqueda de validación en el circuito ideológico que mejor calza con el relato republicano.
No es un detalle. Es una definición.
Kast fue elegido con una promesa explícita: orden, pragmatismo y foco en “las urgencias de Chile”. En campaña, fustigó con insistencia lo que llamó “turismo político”, la diplomacia convertida en vitrina, los viajes que terminan en seminarios de aplausos y en encuentros con “amigos” más que con contrapartes relevantes para el interés nacional. Criticó, además, el uso de la política exterior como escenario de lucha cultural, donde las prioridades del país quedan subordinadas a la épica de una causa.
Por eso la contradicción salta a la vista.
Cuando un Presidente electo arma su quinta gira europea desde el balotaje y la centra en afinidades doctrinarias, lo que transmite es que el eje de su futura política exterior no será el Estado, sino la tribu. No será Chile en el mundo, sino “nuestros” en el mundo. Y eso, por muy seductor que suene para una parte del electorado, suele salir caro: reduce la capacidad de diálogo, dificulta acuerdos transversales y termina encajonando al país en una narrativa importada.
La política exterior —en serio— no es para descargar rabias contra el feminismo o el ambientalismo, ni para escenificar una “guerra” contra conceptos. Es para abrir mercados, atraer inversión, fortalecer cadenas productivas, asegurar cooperación en seguridad con evidencia y resultados, negociar condiciones tecnológicas, sostener vínculos estratégicos y defender la reputación institucional de Chile. En un mundo polarizado, un país mediano no puede darse el lujo de convertir su cancillería en un comité de fans.
Se dirá que hablar de migración, seguridad y libertad de expresión es importante. Por supuesto. Pero la pregunta es cómo y con quiénes se conversa, y para qué. Porque una cosa es construir cooperación operativa —intercambio policial, inteligencia, control fronterizo, coordinación judicial— y otra muy distinta es convertir el tema migratorio en un símbolo de identidad internacional: “nosotros contra ellos”. Lo primero produce resultados; lo segundo produce aplausos.
Y aquí está el punto de fondo: la gira parece diseñada para consolidar un posicionamiento político-cultural, no para gestionar intereses nacionales concretos. Se nota en el tono, en los aliados, en la lógica del viaje. Se privilegia el gesto ideológico por sobre la diplomacia útil.
A estas alturas, la pregunta ya no es si Kast tiene derecho a reunirse con Orbán, Meloni o Abascal. La pregunta es qué señal envía al país que está por gobernar: ¿que Chile se abrirá al mundo para sumar oportunidades, o que se alineará en un eje identitario para sumar relatos?
En política, las señales importan. Y cuando las señales son más fuertes que los resultados, el viaje se transforma en propaganda.
Chile no necesita un Presidente electo coleccionando fotos con líderes de la derecha europea. Necesita un jefe de Estado construyendo una agenda internacional de Estado, capaz de dialogar con gobiernos diversos sin perder el foco, y de traducir cada reunión en beneficios verificables para los chilenos.
Si esta gira no deja acuerdos, inversiones, cooperación concreta o avances reales, quedará como lo que hoy parece: un itinerario de afinidades. Muy ideológico. Poco país. Y, sobre todo, demasiado parecido a aquello que Kast decía venir a terminar.
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