
Practicantes en un mercado laboral fragmentado: el primer choque con la realidad
La evidencia muestra que, cuando las prácticas están bien diseñadas y conectadas con trayectorias reales de desarrollo, más de la mitad de quienes pasan por estos programas logra integrarse posteriormente al mercado laboral formal, ya sea dentro o fuera de la organización donde se formaron.
Por Catherine Railhet Gerenta de Recursos Humanos Natura & Avon Chile
Cada febrero, el Día del Practicante nos invita a celebrar la energía y el talento de quienes viven su primera experiencia laboral. Pero también debiera empujarnos a una reflexión más incómoda: ¿qué tan preparado está hoy el mercado laboral chileno para recibir a las nuevas generaciones en un contexto de alta incertidumbre, informalidad y profundas brechas estructurales?

Las cifras muestran un escenario contradictorio. De acuerdo con datos del Servicio de Información de Educación Superior (SIES) y plataformas como MiFuturo, la empleabilidad promedio al primer año de egreso se mantiene sobre el 85% en carreras universitarias. Sin embargo, ese promedio esconde diferencias significativas según especialidad, institución y territorio. Para muchos jóvenes, especialmente en los primeros seis meses tras egresar, el ingreso al mundo laboral ocurre bajo esquemas precarios: trabajos por proyecto, boletas de honorarios o funciones sin contrato indefinido.
El contexto general tampoco ayuda. Al cierre de 2025, la tasa de desocupación nacional se ubicó en torno al 8%, pero el desempleo juvenil casi duplicó esa cifra, alcanzando entre un 14% y 15% en el tramo de 15 a 24 años, según cifras del INE. A esto se suma una tasa de informalidad laboral que cerró el año en 26,8%, golpeando con mayor fuerza a quienes recién comienzan su trayectoria profesional.
En ese escenario, la práctica profesional deja de ser solo una etapa formativa: se convierte en un primer termómetro del tipo de inserción laboral que el país está ofreciendo. También abre una discusión relevante sobre el valor económico del trabajo inicial. Hoy, las compensaciones asociadas a prácticas profesionales en Chile se mueven en torno a los $290.000 líquidos mensuales en promedio, cifra que, en muchos casos, convive con expectativas de jornada completa, alta disponibilidad y resultados inmediatos. Esto tensiona la idea misma de aprendizaje y obliga a preguntarnos qué entendemos por experiencia formativa en un mercado cada vez más exigente.
Las brechas de género complejizan aún más el escenario. Aunque las mujeres se titulan más y en menos tiempo que los hombres —con una diferencia de 12,5 puntos porcentuales a su favor—, su inserción laboral sigue siendo más difícil, especialmente en áreas estratégicas para el desarrollo del país. En carreras STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), la brecha de participación femenina alcanza un alarmante -61,3 puntos, reflejando un desajuste crítico entre oferta educativa, demanda laboral y oportunidades reales de acceso.
En este contexto, el rol de las organizaciones es clave. No basta con abrir cupos de práctica; se requiere ofrecer experiencias estructuradas, con acompañamiento, feedback y condiciones mínimas de estabilidad. La evidencia muestra que, cuando las prácticas están bien diseñadas y conectadas con trayectorias reales de desarrollo, más de la mitad de quienes pasan por estos programas logra integrarse posteriormente al mercado laboral formal, ya sea dentro o fuera de la organización donde se formaron.
Reconocer a los practicantes es importante. Pero más importante aún es asumir la responsabilidad de cómo los recibimos. Porque para muchos jóvenes, la práctica no es solo el inicio de su carrera: es el primer choque con la realidad del trabajo en Chile. Y de cómo enfrentemos ese momento dependerá, en gran parte, la calidad del talento que decimos querer atraer, desarrollar y retener.
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