
Tragedia en Ruta 5: prevenir no es opcional, es una obligación
Toda tragedia tiene un ciclo mediático: impacto, conmoción, declaraciones, investigación… y luego silencio. No puede ser así.
Por Felipe Nogués, periodista
La explosión del camión que transportaba gas licuado en el enlace de Ruta 5 Norte con General Velásquez no fue solo un accidente de tránsito. Fue una tragedia que dejó cuatro personas fallecidas, 17 lesionados —cinco en riesgo vital—, una autopista colapsada, infraestructura dañada y una ciudad en estado de conmoción.
Pero, sobre todo, fue una advertencia.
Un camión con gas licuado de petróleo —material altamente inflamable y más denso que el aire— impacta una barrera, se produce una fisura, se libera una nube gaseosa, se genera una chispa y ocurre la deflagración. La secuencia técnica es conocida. El riesgo es sabido. El transporte de sustancias peligrosas en rutas urbanas es una realidad cotidiana en Santiago y en todas las grandes ciudades del país.
Entonces la pregunta es incómoda, pero necesaria:
¿Estamos realmente preparados para enfrentar emergencias de esta magnitud en nuestras carreteras?
Materiales peligrosos en entornos urbanos
Chile tiene una red vial donde confluyen transporte de pasajeros, vehículos particulares, carga pesada y sustancias peligrosas en los mismos ejes estructurantes. Ruta 5 y General Velásquez no son caminos rurales: son arterias urbanas de alto flujo.
Eso implica que cualquier incidente con materiales peligrosos no afecta solo a quien transporta la carga, sino a cientos de personas en segundos.
La emergencia demostró tres cosas:
- La capacidad de reacción de Bomberos y equipos de emergencia es profesional y rápida.
- El riesgo de una segunda explosión fue real, lo que obligó a replegar equipos y cambiar estrategias.
- El impacto humano y vial es inmediato y masivo.
Pero también dejó al descubierto una fragilidad estructural: seguimos reaccionando más que previniendo.
Prevención: más que protocolos en el papel
La prevención no se agota en que el camión tenga certificaciones o válvulas de alivio. Tampoco basta con exigir que el conductor tenga licencia profesional.
Prevenir implica:
- Revisiones técnicas rigurosas y fiscalización permanente a flotas que transportan materiales peligrosos.
- Protocolos de rutas segregadas o ventanas horarias para cargas de alto riesgo.
- Sistemas de monitoreo en tiempo real.
- Capacitación obligatoria y continua para conductores.
- Simulacros interinstitucionales periódicos en nudos viales críticos.
Además, la planificación urbana debe asumir que el transporte de combustibles y gas seguirá existiendo. La pregunta no es si ocurrirá otro accidente, sino cuándo.
Y cuando ocurra, ¿tendremos zonas de contención adecuadas?
¿Habrá distancia suficiente respecto de infraestructura ferroviaria o zonas habitadas?
¿Existirán planes de evacuación claros y difundidos?
Cultura de seguridad y responsabilidad compartida
También hay una dimensión cultural. En Chile tendemos a naturalizar el riesgo. Vemos camiones con combustible a metros de nosotros y no dimensionamos la energía potencial que transportan.
La prevención no es solo una tarea del Estado. Involucra a:
- Empresas transportistas.
- Concesionarias viales.
- Autoridades regulatorias.
- Municipios.
- Y a la ciudadanía.
Un país moderno no solo responde bien a la emergencia; la anticipa.
Aprender antes de olvidar
Toda tragedia tiene un ciclo mediático: impacto, conmoción, declaraciones, investigación… y luego silencio.
El riesgo es que esta explosión se transforme en una cifra más.
Cuatro fallecidos. Diecisiete heridos. Un día de congestión.
No puede ser así.
Cada accidente de alto impacto debe traducirse en cambios concretos: ajustes normativos, mejoras en fiscalización, revisión de protocolos y mayor inversión en prevención.
Porque el transporte de materiales peligrosos no va a desaparecer.
Lo que sí puede desaparecer es la improvisación.
La seguridad en nuestras rutas no puede depender de la suerte, del clima o de que una chispa no aparezca.
Prevenir es más barato que reconstruir.
Prepararse es más responsable que lamentar.
La tragedia en la zona norte de Santiago debe marcar un antes y un después en cómo entendemos el riesgo en nuestras carreteras. Porque la próxima explosión no avisará con anticipación.
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