La elocuencia de la nada

Así, tanto en la fe como en ciertas formas de política, el lenguaje deja de servir para pensar el mundo y pasa a servir para administrarlo simbólicamente.

Por Rodrigo Reyes Sangermani, periodista

El lenguaje es quizás el elemento que mejor define la evolución humana: la cúspide de su cultura, la causa de su desarrollo inteligente. De ahí su importancia, incluso por sobre la propia realidad de las cosas que solemos percibir como determinada por la forma en que se dice o se construye un relato; un relato que muchas veces se aleja de la materialidad de la evidencia natural o que, al menos, intenta modificarla.

De lo anterior se desprende la pertinencia de detenerse a constatar cómo ciertos tipos de lenguaje terminan por instalarse en sí mismos como una realidad carente de sentido y ajena a la propia realidad de los hechos. Un tipo de lenguaje que se repite con sorprendente persistencia en ciertos ámbitos de la vida social: en la política, en la religión o en algunas ideologías que se presentan como redentoras. Se trata de un lenguaje que suena profundo, que tranquiliza, que promete sentido, pero que rara vez se deja atrapar por una definición clara. Un lenguaje que parece decir mucho y, al mismo tiempo, evita decir algo preciso.

En el discurso político se utilizan con frecuencia conceptos como: “Necesitamos un país más justo e igualitario”, “Es tiempo de dignidad”, “No dejar a nadie atrás”, “Avanzar hacia un nuevo pacto social”, “Construir un futuro mejor para todos”. Frases que nadie podría rechazar abiertamente, precisamente porque no dicen cómo, ni desde dónde, ni con qué límites. Su fuerza no reside en su contenido, sino en su ambigüedad.

Algo muy similar ocurre en el ámbito religioso, donde abundan las fórmulas de este tipo: “Jesús quiere que nos acerquemos a Él”, “Dios no nos quita la cruz, nos enseña a cargarla”, “El Señor tiene un plan para tu vida”, “Hay que abrir el corazón para recibir su palabra”, “Todo ocurre por algo”. Frases que circulan con naturalidad, que se repiten en homilías, retiros, encuentros y conversaciones cotidianas, y que generan una inmediata sensación de sentido compartido.

Pero basta detenerse un momento para que surja la incomodidad. ¿Qué significa, exactamente, “acercarse”? ¿Qué implica “abrir el corazón”? ¿Cómo se distingue un “plan divino” de una simple sucesión de hechos? ¿Cómo se produce, en realidad, el supuesto “llamado de Dios” para quienes eligen la vida sacerdotal o el sectarismo de una vida religiosa? El lenguaje no responde, porque no está hecho para responder. Su función no es esclarecer, sino envolver. No es conducir al pensamiento, sino suspenderlo en una atmósfera de familiaridad simbólica.

En ambos casos, el lenguaje opera como un dispositivo de adhesión más que como una herramienta de comprensión. La fenomenología del discurso reemplaza al significado: el tono importa más que la idea, la emoción más que el concepto, la repetición más que la interpretación. Se instala así una ilusión de profundidad que no se sostiene cuando se la somete a examen.

El símbolo -esos símbolos- lejos de abrir el pensamiento, lo clausura. Se vuelve un refugio cómodo: cada quien proyecta en él lo que necesita creer. Todos sienten que entienden lo mismo, cuando en realidad cada uno entiende algo distinto. La comunidad de sentido no se construye sobre un significado compartido, sino sobre la aceptación tácita de no preguntar demasiado.

Los rituales religiosos hacen visible este mecanismo con particular claridad. Palabras como “Dios”, “el Señor”, “nuestra Madre”, “la salvación”, “la gracia”, “el llamado” circulan como monedas gastadas por el uso. Se pronuncian con solemnidad, se repiten con devoción, pero rara vez se interpretan de manera crítica. No se las interroga; se las venera. Entender deja de ser una exigencia. Basta con sólo creer.

Lo inquietante es que esta pobreza conceptual no parece un defecto, sino una condición de funcionamiento. La vaguedad protege al sistema. Cuanto menos claro es el mensaje, más resistente resulta a la crítica. Más que una forma incompleta de conocimiento, la fe aparece entonces como una estructura que se sostiene precisamente en la suspensión del sentido. Creer no es comprender, sino aceptar que no hay nada que comprender del todo.

Algo parecido sucede cuando el discurso político se vuelve puramente retórico. Las palabras se cargan de promesas morales, pero se vacían de criterios operativos. La libertad, la justicia, la igualdad y la dignidad se transforman en signos flotantes, inmunes a la verificación y al desacuerdo. Quien pregunta demasiado es acusado de cinismo; quien exige precisión, de falta de compromiso.

Así, tanto en la fe como en ciertas formas de política, el lenguaje deja de servir para pensar el mundo y pasa a servir para administrarlo simbólicamente. No parece tener intención de iluminar la realidad sino de cubrirla con una pátina de sentido aparente. No abre preguntas, las anestesia, y siempre encontramos tras de ella una estructura atenta a gestionar adecuadamente ese medicamento que adormece la libertad de conciencia.

Tal vez por eso, cuando uno hace el ejercicio -mínimo, casi ingenuo- de escuchar con atención y analizar el discurso, la sensación no es la de haber profanado un misterio profundo, sino la de haber descubierto un vacío cuidadosamente decorado. No una verdad compleja, sino una retórica diseñada para no decir demasiado.

Y quizás ahí resida el verdadero riesgo: no en que estas palabras sean falsas, sino en que nos acostumbremos a vivir rodeados de frases que suenan verdaderas sin exigir nunca ser pensadas.

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El Periodista