
El matón y el valiente
Un elemento frecuentemente omitido en el debate contemporáneo es que la inacción también produce víctimas.
Por Christian Slater E., Magíster en Ciencias Militares.
Las sociedades humanas han convivido históricamente con una realidad incómoda: donde existe poder, existe la posibilidad de abuso. Junto a esa realidad existe otra constante igualmente antigua: la presencia del valiente, entendido no como quien busca el conflicto, sino como quien asume el costo de enfrentar aquello que amenaza a los más débiles cuando otros optan por el silencio o la inacción.
La analogía es simple y universal. En un barrio, en una escuela o en una comunidad, el matón no se sostiene solo por su fuerza, sino por el miedo colectivo, por el silencio de quienes observan y por la existencia de un círculo que legitima su conducta. Sin embargo, en esos mismos espacios suele surgir el valiente: quien enfrenta el abuso no por búsqueda de protagonismo, sino por la necesidad de proteger a quienes no pueden defenderse por sí mismos.
La historia humana, a distintas escalas, está marcada por esa tensión permanente entre el matón y el valiente.
El debate contemporáneo suele enfatizar que el abuso se debilita cuando las mayorías pierden el miedo. Esa afirmación es correcta, pero incompleta. Existen momentos históricos donde las sociedades no solo buscan cohesión colectiva, sino que también buscan —consciente o inconscientemente— a quienes estén dispuestos a asumir el rol del valiente, es decir, de aquel que enfrenta el abuso dentro de marcos éticos, institucionales y legítimos.
La tradición filosófica occidental ha abordado este dilema durante siglos. La teoría de la guerra justa, desde San Agustín y Tomás de Aquino hasta pensadores contemporáneos como Michael Walzer, ha intentado establecer cuándo el uso de la fuerza puede transformarse en una obligación moral orientada a proteger la vida humana y el orden mínimo que permite la convivencia social. Walzer, filósofo político estadounidense, es hoy una de las principales referencias en ética de la guerra, precisamente porque advierte que la neutralidad frente a ciertos tipos de violencia organizada puede terminar siendo una forma indirecta de abandono de las víctimas.
Carl von Clausewitz recordó que el conflicto no es una anomalía histórica, sino una constante en las relaciones humanas. Ignorar esa realidad no elimina la violencia; solo debilita la capacidad de enfrentarla cuando aparece.
Hannah Arendt, por su parte, distinguió con claridad entre poder legítimo y violencia. En sus estudios sobre totalitarismo y dominación política advirtió que la desaparición del poder legítimo no genera automáticamente libertad, sino que con frecuencia abre espacio a formas nuevas y más arbitrarias de violencia. Su reflexión resulta particularmente pertinente cuando se analizan sociedades donde el Estado ha perdido la capacidad real de proteger a sus ciudadanos.
La historia del siglo XX enfrentó a la humanidad con decisiones extremas que obligaron a redefinir el rol del valiente en escenarios de guerra total. El uso de armamento nuclear al final de la Segunda Guerra Mundial constituye uno de los dilemas éticos más complejos jamás enfrentados. La tragedia humana fue incalculable. Sin embargo, también aceleró el término de un conflicto global que ya había costado decenas de millones de vidas. El silencio posterior de gran parte de la comunidad internacional no respondió necesariamente a indiferencia moral, sino a la comprensión de que se había enfrentado una decisión límite, donde todas las alternativas disponibles implicaban costos humanos devastadores.
Ese episodio no legitima el uso indiscriminado de la fuerza. Pero sí demuestra que existen momentos donde las decisiones de quienes asumen el rol del valiente implican costos trágicos, aun cuando el objetivo sea detener un mal mayor.
En el escenario contemporáneo, las transformaciones tecnológicas han modificado la forma en que los conflictos son observados, analizados y juzgados. Hoy la narrativa periodística puede ser confirmada o cuestionada gracias a medios tecnológicos que dejan menos espacio para la especulación y que, al mismo tiempo, contribuyen a reforzar los márgenes de legalidad y el contexto operacional de quienes tienen la responsabilidad de restablecer el imperio efectivo de los derechos humanos.
Estas mismas transformaciones han permitido desarrollar operaciones cada vez más precisas, orientadas a reducir daños colaterales. La guerra sin víctimas sigue siendo imposible, pero la diferencia entre la fuerza indiscriminada y la fuerza proporcional, dirigida y limitada constituye hoy un eje central del debate ético sobre el uso legítimo de la fuerza.
Existen casos recientes donde acciones externas —directas o indirectas— han contribuido a debilitar estructuras represivas, permitiendo la liberación de presos políticos, el debilitamiento de redes criminales y la recuperación de espacios mínimos de libertad. En muchos de esos contextos, la mayor frustración expresada por las poblaciones afectadas no fue la acción externa, sino el abandono prolongado frente a sistemas de opresión interna.
Un elemento frecuentemente omitido en el debate contemporáneo es que la inacción también produce víctimas. Las dictaduras prolongadas, los regímenes capturados por redes criminales y los sistemas donde el Estado deja de proteger a sus ciudadanos generan sufrimiento humano constante, muchas veces invisible para la opinión pública internacional.
La ética del poder responsable no consiste en glorificar la figura del valiente ni en justificar automáticamente el uso de la fuerza. Pero tampoco puede negar que, en determinadas circunstancias históricas, la ausencia de quienes estén dispuestos a enfrentar el abuso puede consolidar sistemas de violencia estructural durante generaciones completas.
Las sociedades democráticas buscan limitar el poder, pero también necesitan garantizar la seguridad mínima que permite que los derechos existan en la práctica. Sin seguridad básica, la libertad se transforma en una aspiración teórica. La historia demuestra que el abuso se sostiene cuando el miedo paraliza a las mayorías; pero también muestra que, en determinados momentos, las sociedades comienzan a buscar no solo cohesión interna, sino también a quienes estén dispuestos a asumir el costo de enfrentar aquello que durante años nadie quiso enfrentar.
En toda sociedad existirán matones. Y también, inevitablemente, surgirán valientes. La historia no se define solo por la existencia de unos u otros, sino por la capacidad de las sociedades para decidir, en cada momento histórico, a quién están dispuestas a respaldar.
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