
Guerra nuclear: cuando los tratados dejan de servir
La crisis del orden internacional no es solo estratégica. Es el reflejo de una pérdida más profunda: la erosión de la confianza, de la autoridad y de los límites que alguna vez dieron sentido a los acuerdos.
Por Christian Slater E., Mg. Ciencias Militares.
Durante décadas, el sistema internacional se sostuvo sobre una premisa básica: incluso en un mundo dividido, era posible establecer límites comunes frente a riesgos existenciales. Los tratados de limitación y no proliferación nuclear fueron la expresión más clara de esa lógica. No eliminaron el peligro, pero lo contuvieron. No construyeron confianza plena, pero instalaron reglas mínimas de previsibilidad. Hoy, el debilitamiento —cuando no el vencimiento— de estos acuerdos no es solo un problema técnico: es la señal de una pérdida de confianza estructural en la idea misma de tratado.
La situación es objetivamente alarmante. No porque el mundo haya entrado repentinamente en una supuesta “nueva” carrera armamentista —porque la carrera armamentista nunca se ha detenido—, sino porque se ha intensificado y acelerado de manera constante. Todos los días se desarrollan nuevas capacidades militares y, casi de inmediato, surgen sistemas destinados a neutralizarlas, en una dinámica permanente de acción y reacción. Este proceso no ocurre por decisiones abruptas, sino por acumulación. Lo verdaderamente preocupante es que esta aceleración se produce mientras se debilitan los mecanismos de control, verificación y confianza que durante décadas intentaron, al menos, contener sus efectos más desestabilizadores.
Para entender lo que ocurre hoy, conviene decirlo sin eufemismos. Estados Unidos sostiene que no tiene sentido asumir nuevas obligaciones mientras Rusia y China no acepten compromisos equivalentes. China, por su parte, rechaza acuerdos que la congelen en una posición de desventaja estratégica y ha optado abiertamente por expandir su capacidad nuclear. Rusia, en tanto, insiste en preservar un esquema bilateral con Estados Unidos, excluyendo a China, pese a la retórica de cercanía estratégica que ambos exhiben en otros ámbitos. El resultado es evidente: más allá de los discursos, no hay principios compartidos, sino intereses nacionales en competencia.
A este cuadro debe añadirse Francia, frecuentemente presentada —sobre todo desde ciertos sectores ideológicos— como referente moral de libertad, igualdad y fraternidad. Sin embargo, mantiene sin complejos su propio arsenal nuclear como pilar irrenunciable de su soberanía. Durante décadas realizó ensayos nucleares en el atolón de Mururoa y, aunque cesó las pruebas en 1996, conserva hasta hoy una capacidad de disuasión plenamente operativa. No hay aquí una anomalía francesa, sino una constante del sistema internacional: los principios se proclaman hacia afuera, mientras el poder real se resguarda puertas adentro. Pensar que esta contradicción pasa inadvertida supone asumir una ingenuidad que, en realidad, no existe.
El verdadero quiebre no está solo en lo nuclear. Está en el precedente que se instala. Cuando un acuerdo considerado pilar de la estabilidad global pierde vigencia sin consecuencias reales, los tratados comienzan a percibirse como instrumentos transitorios, válidos solo mientras no incomoden a quienes concentran el poder. La idea misma de compromiso vinculante entra en crisis.
Este escenario deja en evidencia el fracaso operativo de los organismos internacionales. Tras la Segunda Guerra Mundial, la antigua Sociedad de las Naciones dio paso a la Organización de las Naciones Unidas con la esperanza de evitar que el horror vivido se repitiera. Durante décadas, con todas sus limitaciones, ese sistema contribuyó a establecer marcos de diálogo y contención. Hoy, sin embargo, amplios sectores de esa institucionalidad parecen haberse alejado de su propósito original. Más que custodiar límites, administran discursos; más que prevenir conflictos, legitiman agendas. La ética de la responsabilidad ha sido reemplazada, en demasiados casos, por una ética de la consigna.
Tal vez parte del problema radica en una confusión que rara vez se explicita. Muchas de las agendas promovidas desde el ámbito multilateral —incluidos los llamados Objetivos de Desarrollo Sostenible— no constituyen normas jurídicas ni compromisos vinculantes en sentido estricto. No reemplazan tradiciones éticas nacionales ni currículos formativos, ni fueron concebidas para hacerlo. Su naturaleza es declarativa: orientan, sugieren, inspiran. El dilema aparece cuando estos marcos, pensados como referencia, comienzan a operar como dogmas incuestionables, desplazando el juicio crítico y transformando orientaciones generales en criterios morales obligatorios, sin que medie deliberación ni responsabilidad. En ética, ese desplazamiento no fortalece los principios: los vacía.
En ese contexto, se financian agendas y discursos que poco o nada contribuyen a la paz real, mientras los conflictos estructurales, la seguridad internacional y la estabilidad global quedan relegados. La democracia se transforma en consigna, la deconstrucción en dogma y el multilateralismo en una arquitectura burocrática costosa, bien remunerada y crecientemente desconectada de su misión esencial: prevenir el conflicto y resguardar mínimos compartidos de convivencia.
Las consecuencias de este estancamiento del sistema de acuerdos son previsibles. Al debilitarse los compromisos que contenían a las grandes potencias, otros actores recalculan sus propios límites. Estados con capacidad nuclear consolidada, y otros bajo permanente sospecha y presión internacional, observan un escenario donde las reglas dejan de ser claras y la seguridad vuelve a depender, principalmente, de la fuerza y no del derecho.
La historia reciente ofrece, sin embargo, una advertencia que conviene no olvidar. Las bombas nucleares lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki y la devastación de Europa durante la Segunda Guerra Mundial fueron decisiones extremas frente a amenazas existenciales. Pero esa dureza excepcional no se transformó en una lógica permanente. Tras la guerra vino la reconstrucción, el Plan Marshall y el apoyo decidido de Estados Unidos a una Europa devastada, sin anexiones ni apropiaciones territoriales. Aquello demuestra que el ejercicio del poder, incluso en sus formas más duras, no obliga necesariamente a vivir bajo una amenaza constante.
Lo verdaderamente impresentable no es la firmeza excepcional frente al mal, sino la normalización de la amenaza como forma habitual de relación internacional. Un orden sostenido únicamente en la intimidación permanente no construye paz ni legitimidad; solo administra el miedo.
Este deterioro del sentido del límite también puede observarse a escala local. Cuando durante años se destinan recursos públicos a iniciativas que una parte relevante de la sociedad considera incompatibles con cualquier noción básica de responsabilidad, y nadie —ni autoridades políticas, ni instancias fiscalizadoras, ni liderazgos sociales— parece advertirlo oportunamente, el problema deja de ser cultural y pasa a ser moral. No se trata de censura ni de gustos personales, sino de la incapacidad colectiva de decir “hasta aquí”. Quien no logra reconocer el exceso en lo cercano difícilmente comprenderá el peligro en lo lejano.
No estamos, entonces, ante el fin formal de los tratados, sino ante algo más profundo: la pérdida de confianza en que existan límites compartidos capaces de sostenerlos. Y cuando los tratados dejan de servir, las autoridades dejan de ser respetadas, porque ya no encarnan un marco común de responsabilidad. En ese vacío, el poder ocupa el lugar que nadie quiso cuidar.
Tal vez por eso la discusión de fondo no sea solo estratégica, institucional o moral, sino también educativa. No porque todas las disciplinas deban transformarse en ética, sino porque ninguna formación puede prescindir del criterio. La matemática, el lenguaje, la ciencia y la técnica siguen siendo indispensables, pero cuando se abandona la formación del juicio, del discernimiento y de la responsabilidad, ese vacío es ocupado por relatos simplificados, influencers improvisados y verdades virales sin sustento. Una sociedad que aprende a través de consignas o algoritmos difícilmente podrá comprender amenazas complejas como la nuclear, ni exigir autoridad, ni respetar acuerdos. Sin educación que forme criterio, los límites se diluyen; y sin límites, la amenaza deja de ser excepcional para transformarse en permanente.
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