
Un modo de explicar sin explicar
Una y otra vez, se intenta explicar la desigualdad, la violencia, la pobreza, el orden social, el rol de la mujer, la autoridad, la sexualidad o el sufrimiento humano “según la fe”, como si una creencia subjetiva tuviera capacidad explicativa suficiente para dar cuenta de procesos históricos, económicos y sociales complejos.
Por Rodrigo Reyes Sangermani, periodista.
No son pocas las expresiones que, por el solo hecho de repetirse durante siglos, adquieren una autoridad que nadie se detiene a examinar. “Según la fe” es una de ellas. Se la invoca con naturalidad, casi con respeto automático, para explicar tradiciones, justificar relatos, atribuir orígenes y cerrar discusiones. Según la fe esto significa tal cosa; según la fe esto ocurrió así; según la fe la Iglesia enseña esto otro. La frase circula como si aportara fundamento, como si añadiera espesor intelectual o incluso verdad a lo que se afirma. Pero basta detenerse un momento para advertir que, en la mayoría de los casos, no explica absolutamente nada.
Porque cuando se dice “según la fe”, no se está apelando a una investigación, ni a una evidencia, ni a una hipótesis contrastable, ni a un análisis histórico, ni a una teoría social, ni siquiera a una tradición críticamente examinada. Se está diciendo algo mucho más elemental y, a la vez, mucho más problemático: esto es así porque alguien lo cree. O porque muchos lo creen. O porque siempre se ha dicho que hay que creerlo.
En ese sentido, “según la fe” funciona como un sinónimo respetable de “según lo que yo creo”, con la ventaja retórica de que suena menos subjetivo, menos arbitrario, menos frágil. La fe aparece entonces como un comodín lingüístico que permite afirmar sin demostrar, sostener sin argumentar, explicar sin explicar. Una fórmula que reemplaza al pensamiento allí donde este se vuelve incómodo.
Hasta aquí, podría decirse, el problema parecería limitado al ámbito religioso. Pero lo verdaderamente grave no está ahí. Lo más serio, lo más peligroso incluso, es cuando esta lógica se traslada fuera de la esfera íntima y comienza a utilizarse para construir una sociedad, para orientar la política, para moldear la cultura y, sobre todo, para explicar los fenómenos sociales. Cuando una creencia personal e individual -porque eso es la fe- se convierte en criterio de organización colectiva, el problema deja de ser teológico y pasa a ser profundamente político.
Porque una sociedad no puede sostenerse sobre aquello que no puede discutirse. La política no puede basarse en convicciones que no admiten contraste. La cultura no puede edificarse sobre afirmaciones que se presentan como incuestionables precisamente porque carecen de fundamentos verificables. Y sin embargo, una y otra vez, se intenta explicar la desigualdad, la violencia, la pobreza, el orden social, el rol de la mujer, la autoridad, la sexualidad o el sufrimiento humano “según la fe”, como si una creencia subjetiva tuviera capacidad explicativa suficiente para dar cuenta de procesos históricos, económicos y sociales complejos.
En ese punto, la fe deja de ser una experiencia personal respetable y se convierte en un atajo intelectual. Un sustituto del análisis. Una coartada para no pensar. Porque si algo es así “según la fe”, ya no hace falta investigarlo, comprenderlo ni transformarlo. Basta aceptarlo. Y ahí radica el núcleo del problema.
La fe, además, se presenta muchas veces como si fuera una instancia colectiva, homogénea y objetiva, cuando en realidad es irreductiblemente personal. Dos personas que dicen compartir la misma fe pueden interpretar el mundo de maneras radicalmente distintas. La supuesta fe común es, casi siempre, una abstracción institucional que sirve para ordenar, disciplinar y legitimar, pero que no resiste un análisis serio desde el punto de vista intelectual. Decir que algo es válido “según la fe” exige, al menos, responder una pregunta básica: ¿según la fe de quién?
Esa pregunta rara vez se formula, porque hacerlo implicaría reconocer lo evidente: que no estamos ante conocimiento, sino ante creencia. Y que la creencia, por definición, no puede exigir obediencia pública ni operar como explicación social. Sin embargo, se la utiliza una y otra vez para cerrar debates, para desactivar críticas, para patologizar el disenso. Cuando alguien cuestiona esta lógica, la respuesta no suele ser un argumento, sino una sentencia piadosa: “tú no tienes el don de la fe”.
Traducido sin ornamentos, eso significa que la persona no está dispuesta a creer sin razones. Pero presentar esa disposición crítica como una carencia resulta revelador. Como si la suspensión del juicio racional fuera una virtud. Como si creer sin base fuera un mérito. Nadie hablaría seriamente del “don” de inventar relatos ficticios y creer en ellos como explicación del mundo. Sin embargo, cuando esa operación se reviste de lenguaje religioso, se la exime de toda exigencia intelectual.
Por supuesto -como algunos podrán creer de esta reflexión-, no se trata de negar que la fe pueda tener valor para quien la vive. Creer puede ser una opción personal legítima. Nadie está obligado a renunciar a aquello que le da sentido a su vida. Pero convertir esa creencia en fundamento de la política, de la cultura o de la explicación de los fenómenos naturales y sociales es otra cosa muy distinta. Es confundir sentido con verdad, consuelo con conocimiento, experiencia subjetiva con explicación objetiva.
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