
Plaza Baquedano: el lugar donde nos miramos al espejo
Un espacio donde la sociedad chilena, habitualmente contenida en sus emociones públicas, encontraba un lugar para gritar sus alegrías y expresar su identidad colectiva.
Por Marcelo Trivelli
El regreso de la estatua del general Baquedano a su plinto, la instalación de un monumento a Gabriela Mistral y la remodelación urbana marcan algo muy profundo: el cierre de uno de los ciclos políticos y sociales más intensos de la historia reciente del país.
Durante más de un siglo este lugar ha sido un termómetro de la vida nacional. Algunos la llaman Plaza Italia, otros Plaza Baquedano y, durante el estallido social, se convirtió en Plaza de la Dignidad. Tres nombres para un mismo espacio que reflejan tres maneras de entender el país.
La plaza siempre fue un punto de encuentro. A fines de los años noventa escribí que era el lugar donde los santiaguinos llegaban a celebrar sus triunfos deportivos y políticos. Un espacio donde la sociedad chilena, habitualmente contenida en sus emociones públicas, encontraba un lugar para gritar sus alegrías y expresar su identidad colectiva.
Cuando fui intendente de Santiago entre 2002 y 2005, como responsable del orden público, la estrategia fue clara: permitir que las personas se manifestaran y celebraran allí, confinando las concentraciones en ese espacio y no intentando coparlo para impedirlas. La convivencia democrática exige reconocer que el espacio público también pertenece a la expresión ciudadana; y no es la autoridad la llamada a calificar su conveniencia ni oportunidad.
Años más tarde, en 2007, acudimos a la misma plaza para rendir homenaje a cada mujer asesinada por su pareja o expareja. Comenzamos a utilizar la palabra femicidio en reemplazo de crimen pasional. Esa manifestación la replicamos posteriormente en plazas de armas de distintas capitales regionales del país.
Aún está fresca en nuestra memoria las manifestaciones del año 2019. Las primeras fueron masivas y pacíficas. Millones marcharon en contra de los abusos de los poderosos y contra la indolencia de un Estado que no daba soluciones a sus problemas. Después vino la violencia irracional y la represión descontrolada que nos dividió como sociedad. Y la estatua del general Baquedano fue el símbolo de aquella división.
Seis años y medio después, diez procesos electorales después, incluidos dos rechazos a proyectos constitucionales, el general Baquedano retorna a su plinto. No es casual que coincida con el cambio de gobierno. El presidente Boric entrega un país normalizado a su sucesor. Se cierra un ciclo, no porque desaparezcan los conflictos, los que siempre existirán, sino porque el país volvió a su cauce institucional.
Hoy, la plaza contiene también otros símbolos. En su conjunto nos unen.
A los pies del monumento ecuestre del general Manuel Baquedano se encuentra la tumba del Soldado Desconocido, recordatorio de los miles de chilenos y chilenas que han dado su vida por el país. Los héroes, como toda figura histórica, tienen luces y sombras, y Baquedano no es la excepción.
También se instaló un maravilloso monumento a Gabriela Mistral, que aporta a nuestra cultura su poesía, su sensibilidad y, sobre todo, su humanidad. Se integra además el monumento a Rómulo y Remo, donado por Italia para el centenario de Chile; más allá, la Fuente Alemana y el Parque Forestal completan este conjunto de memoria urbana.
La intersección de la avenida Vicuña Mackenna con el eje Alameda Providencia no volverá a ser un espacio público que nos divida porque hoy representa algo mucho más amplio: la memoria colectiva de una nación en la que cabemos todos.
El nuevo diseño urbano del sector es también una oportunidad. Su concepción permitirá que la plaza siga siendo lo que siempre fue: el lugar donde Chile celebra, protesta, recuerda y debate.
Porque más que un nodo vial o un conjunto de monumentos, la Plaza Baquedano es el lugar donde Chile se mira a sí mismo. Allí celebramos triunfos deportivos, lloramos tragedias, expresamos indignación y también esperanza. Las ciudades guardan la memoria de los pueblos, y pocas esquinas de Santiago concentran tanta historia reciente como esta. Quizás por eso, cada cierto tiempo, volvemos a ella para mirarnos al espejo y preguntarnos quiénes somos y hacia dónde queremos ir como país.
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