A propósito de estulticia

Por Gonzalo Moya Cuadra, licenciado en Filosofía

Algunas veces, no siempre, el ser humano tiene necesidad de entender lo inentendible. Transversalmente, lamentable mayoría, la estulticia es una parte inherente de la sociedad latinoamericana contemporánea, pues no ha comprendido la perversidad del sistema capitalista imperante que ha sepultado también a la clase política en una inaceptable inmoralidad.

        Gonzalo Moya

La mediocridad cultural de nuestra pobre y decadente América Latina está tan arraigada que solo está circunscrita a los parámetros crematísticos de algunas potencias que supuestamente se dicen desarrolladas, tan poco sólidas en ejes axiológicos. No es necesario ser un experto en ciencias sociales para darse cuenta que la estructura sociológica actual está dirigida solamente a acciones consumistas y anodinas. El ser latinoamericano es advenedizo per se, más aún aquel que ha nacido en el seno de una familia esforzada y trabajadora, más aún quien proviene de una familia de base progresista y por el simple hecho de alcanzar una cierta posición económica se olvida hasta de su propia raíz social, adhiriéndose sin miramientos a partidos que siguen una línea económica ya fracasada.

Simplemente no quiere o no puede entender que jamás será aceptado o integrado a esa minoría socio-económica privilegiada. Se ha transformado en un ser simple e insustancial, cuya única meta es hacer dinero sin importar la manera, todavía atropellando los conceptos más elementales del bien común, aún sabiéndose atrapado en un entorno vacuo sin ningún contenido cultural. América Latina no es un continente justo ni pensante. Sólo es una Región angustiada y egoísta donde un gran porcentaje de la población está con problemas de salud mental por tratar de mantener o satisfacer una vida fatua e intrascendente, perdiendo incluso su dignidad por la inhumanidad de un sistema avasallador.

No hay capacidad de autocrítica y menos de asombro ante hechos definitivamente no éticos, viviendo por lo mismo en una heteróclita insensibilidad. No hay respeto por nada ni por nadie. Ergo, el ser latinoamericano se ha perdido en el marasmo de la infelicidad, ya que tiene un complejo tan absurdo de creer que el dinero lo compra todo, siendo sólo utilizado por tremendas fuerzas exógenas e injerencistas, hipócritas y clasistas.

No entiende que está siendo abusado con sueldos paupérrimos y jubilaciones marginales, que olvida que una vida digna y de recompensa colectiva sólo se consigue con un trabajo dignamente remunerado. No se puede admitir que en pleno siglo XXI todavía encontremos enquistada la estulticia de la superioridad económica, elemento tan anfibológico que está impidiendo que la integración social sea el único camino que conducirá a Latino América a un sólido y sostenido desarrollo.

La abismal desigualdad económica y un orden injusto han socavado las bases políticas de países que están iniciando o quieren consolidar un proceso de liberación social.

La ciudadanía progresista debe reaccionar positivamente ante este descalabro moral y cumplir un rol fundamental de translúcida vigilancia. Los últimos acontecimientos políticos de algunos países de la Región, Chile, Perú y Bolivia, inevitablemente están mostrando la vía hacia una profunda transformación social de la realidad continental, tantísimos años agobiada por la informalidad y la corrupción, que terminará cuando se logre una mayor conciencia política y moral.

La violencia institucionalizada deberá ser descartada de todo proceso político y construir una nueva sociedad latinoamericana, realizada, que interprete sabia y solidariamente la interdependencia cultural.

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