Daniel Ramírez: Arde Notre Dame

“Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales”.

Eso escribía Paul Valéry en 1919, hace exactamente un siglo, después del impensable desastre de la primera guerra mundial.

En este terrible día, estamos llorando por Notre Dame de París, la grande, la bella, la milenaria dama, catedral de catedrales, tratado de ciencia y de sabiduría, libro abierto y a la vez cerrado, cofre conteniendo saber, nave de las eras y esplendor de un mundo desaparecido, pero del cual venimos. Era el faro que iluminaba nuestra hermosa ciudad y la cultura de Europa desde el siglo XII, cuya construcción tomó dos siglos, dispuso de los mejores artesanos de la época, constructores devotos, carpinteros místicos, escultores y geómetras, matemáticos y músicos, astrólogos y teólogos, alquimistas y pensadores, durante numerosas generaciones, desde el más modesto picapedrero hasta el más docto arquitecto, todos anónimamente, con amor y esperanza contribuyeron en una obra común a enriquecer el planeta Tierra de esta joya inmensa, de esta mística flor de piedra.

Pienso en ellos, hermanos humanos, humildes constructores de la edad media, inspirados y confiando en el futuro; sus restos humanos y sus nombres hace tanto tiempo desaparecieron, pero su obra quedaba.

La impermanencia de todo ser nos cae ahora encima y hiere profundamente el corazón de la ciudad luz. Si fuera un signo, no sabremos leerlo durante mucho tiempo; pero debiera ya alertarnos sobre todo lo precioso, lo grande, lo bello del mundo; lo que debemos cuidar, respetar, amar, conocer y preservar.

Nuestras civilizaciones son mortales, sí, como nosotros. Pero sin nuestros símbolos de eternidad, somos más frágiles aún sobre la faz de la Tierra. Quiero creer que esta terrible y desgarradora pérdida inmaterial de lo que se va con la materia, y la paradoja de una tragedia sin muertos que nos conmueve tanto como las grandes masacres, y sin asesinos contra los cuales dirigir nuestra cólera; quiero creer que este enigma hará meditar en profundidad a mucha gente. Y que algo renacerá de las cenizas, un silencio… y que de ese silencio saldrá un poco de compasión, un poco de amor, un poco de dignidad… y que de esa dignidad saldrá un poco de comprensión y un poco de serenidad respecto a los seculares errores y crímenes de la iglesia y a la intolerancia y al fanatismo de tantos, y sobre todo a la ignorancia, el extravío y la superficialidad mortífera de nuestra época. Estamos de duelo, pero no sabemos exactamente de qué. Y eso es lo que debemos meditar. Quienes puedan, podrán orar, quienes puedan, podrán reflexionar, otros podrán trabajar para la historia y algunos para la posible, mínima e irrisoria restauración que sin duda se intentará. Pero lo que debe ser restaurado es tanto más que un edificio. ¿Qué debemos restaurar, amigos queridos, y qué debemos preservar y qué debemos cambiar de nuestras civilizaciones, que son tan mortales?

No he querido tocar una línea del párrafo precedente, que escribí anoche, con la emoción del momento; la escritura es en buena parte consolación y autoprotección. Sólo quisiera comentar algunas cosas.

Primero, la alusión a un signo que no comprenderemos por ahora. Sin embargo, es evidente que la secuencia histórica de la revelación de los abusos y pedofilia en la Iglesia Católica con su reguero de encubrimiento e hipocresía, no podrá impedir que, en nuestra producción imaginal –una de las funciones de nuestro psiquismo–, se perfile una interpretación oracular, un cierto pensamiento mágico respecto a la purificación, un mensaje divino o alguna versión de la ley del karma. Nuestra Señora de París se habría inmolado por el fuego ante tanto desastre humano. No se puede evitar que nuestras divagaciones vayan por esos caminos. Así también como algunos podrán permanecer indiferentes a la pérdida monumental y patrimonial de la Iglesia Catedral de París, recordando los desastres de la conquista, la inquisición y la expoliación exterminadora que la España católica perpetró en nuestras tierras amerindias.

A la primera, quisiera decir que la interpretación mágica, aunque sea tentadora, no tiene sentido, porque otros templos mucho más ligados a estos escabrosos asuntos podrían haberse quemado antes, sin ir más lejos las catedrales de Canadá, Chile, El Vaticano o España y en Francia la de Lyon. A la segunda, recordar que Las catedrales góticas fueron construidas siglos antes de la conquista y la locura de la inquisición.

No es ese el asunto sino la fuerza interrogadora del evento impredecible. El derrumbe de aquello que considerábamos fijo, estable, inmortal, y simbólicamente, la caída de la flecha de la catedral, especie de antena o pararrayos espiritual, punto de unión entre el cielo y la tierra en la arquitectura sagrada. Eso no nos trae a las desviaciones de cierta comunidad eclesiástica, sino que nos confronta a la separación, a la distancia radical que nuestra mentalidad ha ido instalando entre lo superior y el plano de nuestras existencias. Y ello, tanto creyentes como ateos: casi nadie osa utilizar el lenguaje de lo elevado o lo supremo, por miedo a que los ecos de épocas de dominación y de obscuras ideologías desigualitarias se cuelen con los sentimientos de la transcendencia.

Hay que afirmar con fuerza y convicción que lo elevado no empequeñece al ser humano sino que lo jala hacia arriba. El deseo de nivelar todo, y la idea postmoderna de borrar la noción de genio o de inmortalidad, y de relativizar y reducir todo a opinión, copia o simulacro, han ido cerrando las puertas de nuestro deseo de infinito, de nuestras experiencias más profundas; aunque todos las tengamos, nos forzamos a olvidarlas. Asimismo, el cuidado y el respeto que debemos a ciertas cosas, que a veces requiere veneración (que palabra más pasada de moda, ¿verdad?) y en todo caso amor, nos es cada vez más difícil: las cosas cuentan por lo que cuestan, o valen por lo que rinden. Y no por lo que relatan o revelan de nuestras estructuras fundamentales y de las raíces lejanas de nuestras culturas.

Una catedral es un compendio de ideas, una ontología sedimentada en la piedra, es decir, una versión de la existencia, una experiencia del ser impresa en la materia. Dicha experiencia era coherente con una visión teológica del mundo pre-moderno, en la cual todo está jerarquizado en un orden vertical y una armonía cósmica. Todo en la catedral señala hacia el origen celestial de la tierra y sus habitantes y expresa la hospitalidad hacia la comunidad humana. La modernidad tuvo que volver la espalda a esa concepción, poniendo todo al nivel de la materia, para dejar lugar a la potencia prometeica de la industria y la economía del consumo, inaugurando otra ontología. Fue necesario.

Hoy en día sabemos que esa segunda experiencia del ser como materia prima disponible para nuestro bienestar y nuestra dominación del mundo, también está obsoleta y representa un peligro mayor para la vida en la Tierra. Así como en nuestras vastas regiones americanas recién ahora somos capaces de prestar oídos a las voces de los pueblos originarios, en la avanzada Europa es posible que, desde la profundidad de los graves de los grandes órganos y desde los policromáticos mandalas y los relatos luminosos de los vitrales, desde la serena verticalidad de las columnas y la ligereza de los muros, nos llegaban unas voces que no dijeron todo lo que podían decir en su época. La humildad de esos artesanos, la paciencia de un construir para los siglos y no para el corto plazo, la búsqueda de la paz y la armonía, el reconocimiento de que lo humano forma parte de un conjunto mayor, tanto mayor…

Así tal vez comienza a aparecer, no la solución a los enigmas del asombroso acontecimiento, sino el tema de nuestras futuras meditaciones: algo del mundo antiguo y medieval tal vez debiera ser preservado; o reinventado. No hay ninguna necesidad de creer en un Dios ni habitar las complejas teologías para escuchar esos mensajes de otros tiempos. Pero tampoco estamos obligados, como creer algunos a repudiar sabidurías antiguas y a condenarlas con criterios de oposiciones actuales (es lo que se llama anacronismo). Ocurre que la pérdida de la veneración conlleva la pérdida de lo venerable, es decir de aquello de más valor; justamente porque no tiene precio, y así, el extravío de la dignidad. La modernidad, con razón arrancó la dignidad a un mundo de desigualdades ontológicas para atribuirla a todos. Pero no supo conservar el sentido de la transcendencia, de lo superior, del infinito, de lo inmemorial, aplanando la experiencia humana en un presente sin relieve, en una obsesión por la novedad, en una desmesura de lo desechable, en un derroche de materia y energía, en un estruendo ensordecedor y en un despilfarro que fueron minando nuestra interioridad.

El templo de la sabiduría de otras épocas se ha ido con el humo, como incienso de un ritual postrero. ¿Qué es lo que toca a su fin? ¿Por quién doblan las campanas? La autoridades anunciarán pronta restauración (todo debe ser pronto). Pero ¿qué retendrá la reconstrucción de la larga marcha de los siglos? ¿Y qué será olvidado? Una amiga me mencionó el ave Fénix; pienso que, en efecto, algo deberá renacer de las cenizas. ¿Pero qué? El más imponente templo del pasado, ¿se habrá llevado consigo sus secretos? Y nuestra época, desorientada, improvisadora, precipitada y saturada, ¿Podrá inventar una nueva esperanza? Notre Dame perdió su flecha, pero tal vez nos queda el arco. ¿Podremos inventar un nuevo blanco?

Hay países y continentes cuyas riquezas son principalmente de la naturaleza; otros lo son de la cultura. No hay razón de oponer las unas a las otras, porque el mundo es de todos. Los tesoros de las junglas y montañas, las aguas puras de los ríos y glaciares, que manos inescrupulosas no dudan en destruir para obtener ganancias –lamentablemente no tenemos gárgolas que nos protejan de esos demonios–, las lenguas minoritarias, las músicas de comunidades remotas, son todos templos. Así como las grandes obras. ¿Qué sería un mundo sin la música de Bach, sin Machu Picchu, sin la Alhambra, la Galleria Uffizi, Luxor? Nuestras mezquindades, nuestras aversiones, nuestras indiferencias, deberían poder aplacarse un poco ante el gran silencio que nos impuso el destino en ayer. El silencio deberá permitirnos prestar oídos a las voces calladas de la vida, de la sabiduría, de la generosidad. Tal vez escuchemos un susurro que viene del futuro, una voz de las generaciones que no verán Notre Dame como la vimos nosotros, pero que merecen un mundo habitable, bello, lleno de maravillas, que nos toca respetar y preservar, un mundo que nos llama a amar y crear sin desmesura ni delirio.

*Daniel es doctor en Filosofía (La Sorbonne) y vive en París.

daniel ramirezIncendioNotre Dameparis
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