España en su encrucijada: Los márgenes de la Memoria

Entre los uno y los otros- o mejor los hunos y los hotros- están ensangrentando, desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo España”. Miguel de Unamuno

Por Francisco Javier Lozano*

Adentrarse en el territorio de nuestra memoria es un ejercicio complejo. Veamos. Recordar lo que hicimos ayer no debería ser un gran problema. Para rememorar lo que hicimos hace un mes, tres meses o un año ya tenemos que recurrir a la ayuda de soportes físicos (en el actual mundo digital es sin duda más sencillo) o de la personas con las que interactuamos. Pero recordar el pasado familiar, tan sólo una generación más atrás, ya es otra cosa.

Francisco Javier Lozano

¿Por qué vendieron aquello? ¿Cuál fue la chispa de la rencilla con esa rama de la familia o entre aquellos hermanos? Ahí necesitamos investigar, consultar fuentes de parientes todavía vivos, si los hay, o, lo más común, apoyarnos en la repetición del relato de los hechos que ha llegado a nosotros y en la que, como en el juego del teléfono, cada evocación suele ir acompañada de una pizca de sutil creatividad, de cuya intencionalidad nada podemos saber a ciencia cierta. Siendo tan difícil un ejercicio retrospectivo sobre lo personal, hacerlo sobre lo colectivo se me antoja mucho más arriesgado.

“El recuerdo engaña porque la memoria es mucho más frágil e infiel de lo que parece y porque al proyectar hacia atrás lo que sabemos ahora nos convierte en adivinos del pasado”, nos dice el escritor Antonio Muñoz Molina en su espléndido ensayo ‘Todo lo que era sólido’ (2013), fruto de una reflexión caustica y con cierta voluntad catártica, acerca del tránsito de España, de las España(s), desde el sueño de realidad en el que habían vivido sus gentes durante los años de la gran fiesta a la ‘cruda’ realidad destapada tras la crisis que estalló entre 2006 y 2008. A Muñoz Molina le llamaba la atención que en 2006 el debate estuviera tan agriamente monopolizado por el pasado en lugar de estarlo por el incierto presente: “El presente era una niebla de palabras arcaicas, himnos viejos y banderas obsoletas, un guirigay de trifulcas políticas. No parecía que hubiera nada que valiera la pena conservar, y menos aún defender. La democracia era poco más que una concesión de los herederos del franquismo enquistados en ella. La Constitución se había redactado con el fin exclusivo de seguir sometiendo a las nacionalidades oprimidas”. Para estas modernas España(s) tan obsesivamente ideologizadas Muñoz Molina, pese a su prestigio, podría ser tachado de intelectual sospechoso (algunos quedan, afortunadamente), de esos que hurgan en los matices de lo que fuimos para cuestionar lo que, unos y otros, creímos ser.

Ahí, en lo que creímos ser, seguimos enrocados y, lo que es peor, haciendo política de ello. Por más que la historiografía sea cada vez más potente en técnicas y metodología, es imposible anular la componente humana, no ya en la reconstrucción de nuestro pasado sino en su interpretación. Acaso sea imposible sustraerse al filtro de los prejuicios y de los juicios de valor, tan variados como dispares. El reconocimiento de esta fragilidad debería hacernos más prudentes y, si dispusiéramos de la formación necesaria, más críticos. Pero no es así. Cuando pensé en abordar esta reflexión temí, y sigo temiendo, ser malinterpretado, sea porque no sepa explicarme, sea por parecer insensible. Pero me arriesgo a ello porque no renuncio a preguntarme el aporte al bien común del uso reiterativo de los conflictos del pasado para fundamentar los actos del presente y las propuestas para el futuro. En nuestras España(s) dos son los pasados en que agruparía (simplificando) las páginas más conflictivas de nuestra historia: un pasado arcaico, lejano, sin testigos; y un pasado cercano y, en consecuencia, más delicado e hiriente. En el primero todo está saturado de épica, de mitos e incluso de mística. Ahí caben indistintamente, y sin orden, las guerras carlistas, la de la Independencia, la Reconquista, la guerra de Sucesión hasta 1714, la resistencia numantina a los romanos, etc. Sorprendería constatar cuántos de estos pasajes siguen vivísimos en el imaginario colectivo como símbolos de una reivindicación imperecedera. Sobre ellos, dependiendo del territorio por el que caminamos y de quién sea el caminante, se siguen blindando o atacando identidades, construyendo o destruyendo relatos amparándose en unas realidades de cuya naturaleza nunca podremos extrapolar nada con rigor porque fueron fruto de sus circunstancias, de sus marcos mentales y de las decisiones de sus gentes, no de nuestras gentes. En cuanto al pasado cercano, lo considero dominado por la Guerra Civil del 36 y la lacra de la banda terrorista ETA, que, tras más de ochocientos muertos en su conciencia, anunció su disolución completa en mayo de 2018 (apenas ayer). De ambos desastres hay testimonios vivos y, muchos de ellos, dolientes. Con tantas heridas abiertas se hace muy complicada la reflexión aséptica. A pocas páginas del final de la imprescindible novela Patria (2016), el mejor fresco escrito sobre la tragedia que supuso el terrorismo vasco para su propia sociedad, su autor, Fernando Aramburu, escenifica la lectura por la viuda de una víctima de ETA de una breve carta que le dirige desde prisión Joxe Mari, 43 años, asesino de su marido, hijo de su amiga de toda la vida, vecinos todos del mismo pueblo: “De acuerdo con el consejo de mi hermana, te escribo. Yo soy de pocas palabras, así que voy al grano. Os pido perdón a ti y a tus hijos. Lo siento mucho. Si podría dar marcha atrás al tiempo, lo haría. No puedo. Lo siento. Ojalá me perdones. Ya estoy cumpliendo mi castigo. Te deseo lo mejor”. Bittori, la viuda, le dice entonces a su marido, sentada en la losa de su tumba: “Bien, ¿no? Yo tenía mucha necesidad de esas palabras”. Presiento que el perdón no estaría entre los dones con los que he sido bendecido en caso de que algo horrible pasara a los míos. Pero condenar mi vida no debe servir para bloquear la mejora del resto. Mal que nos pese, no podemos reparar el pasado. Así, en cada uno de los pasados horribles que salpican a Europa no ha habido más ni mejor remedio que mirar hacia delante sin que ello impida a los estudiosos intentar aclarar qué es lo que pasó para así contribuir a evitar su repetición. En donde no se hace ni lo uno ni lo otro la sociedad corre el riesgo de quedar atrapada en una encrucijada de calles sin salida.

En los márgenes de las urnas conviven opciones políticas en exceso ancladas a su lectura del pasado como medio para robustecer su ideario. En los márgenes de los caminos hay todavía demasiados muertos enterrados, víctimas de actos horrendos cometidos en tiempos bárbaros en los que la razón desaparece por igual de todas las mentes, como en todo conflicto habido. En los márgenes de las aulas persisten sesgos (que no adoctrinamiento) a la hora de explicar nuestro pasado reciente, un pasado dirimido entre buenos y malos, cuando, a la postre, fue un pasado fracasado entre ‘los hunos’ y ‘los hotros’, como diría el gran Miguel de Unamuno, cuyo rigor intelectual le enfrentó a ambos bandos por igual. Cuando nuestra juventud aprenda a cuestionar antiguas respuestas con mejores preguntas habremos hecho el mejor ejercicio de justicia a las víctimas de tanta tragedia. De su dignidad ya nadie debe dudar.

*Licenciado en Ciencias Empresariales de la Universidad de Barcelona

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