Roger Chartier: Nadie está obligado a volverse prisionero de los algoritmos o las noticias falsas

El historiador francés, uno de los mayores especialistas sobre la historia del libro, considera que la pandemia no hizo más que darle una forma "paroxística, exacerbada" a las nuevas prácticas de lectura que ya estaban en marcha.(Telam)

El autor de obras como “El mundo como representación”, “El orden de los libros” y “Las revoluciones de la cultura escrita”, Roger Chartier, señala que “las redes sociales y la lectura digital, apresurada y crédula, dieron (y dan) una fuerza inédita a los peligros que amenazan la verdad y la democracia”.

Ensayista, autor de numerosos trabajos sobre las configuraciones del pasado producidas por la ficción narrativa, el intelectual francés se ha especializado en la evolución de los hábitos lectores a través de los siglos y la manera en que el tiempo histórico se hace presente en las obras literarias.

Esta pandemia fue leída como un punto de inflexión de la vida cotidiana, pero también como algo que devela aspectos que permanecían ocultos y ahora están en el debate público, como repensar ciertas prácticas culturales y aprovechar la oportunidad de desautomatizarlas. ¿Esta situación generará nuevos paradigmas, en tanto las visitas a los museos o las ferias literarias estarán sujetas a protocolos marcados por lo sanitario?

El tiempo de la pandemia dio una forma paroxística, exacerbada a evoluciones ya poderosas antes de sus comienzos. Una encuesta reciente sobre las prácticas culturales de los franceses muestra que 15% de ellos vivían ya en un mundo exclusivamente digital, entre videos online, juegos electrónicos y redes sociales. La mitad de estos practicantes tiene menos de 25 años. ¿Son los lectores del porvenir? Para el 60% de ellos, el consumo cotidiano de videos online se volvió la práctica cultural dominante. No sé si estos resultados serán los mismos en todo el mundo, pero lo sospecho. Muestran en todos los casos una redefinición de la noción misma de cultura y la necesidad de un esfuerzo colectivo, político y social, para salvaguardar el mundo que no queremos perder.

A propósito de eso, un relevamiento reciente realizado en la Argentina determinó que el 62 por ciento de los lectores son mixtos, es decir, que eligen indistintamente el formato papel y el digital. ¿Este tipo de resultados ayuda a dejar atrás la idea de una lucha o rivalidad entre la cultura impresa y la virtual?

Lo dudoso de esta idea del “lector híbrido” reside en la palabra “indistintamente” porque en realidad son profundamente distintas estas dos formas de lectura. Sin embargo, es verdad que los lectores no lo perciben porque domina la concepción y el discurso de la supuesta equivalencia entre lo impreso y lo digital. En realidad, son regidos por dos lógicas muy diferentes.

La lógica de la cultura impresa es una lógica del viaje, del pasaje, de la peregrinación tanto entre los varios espacios de la librería o las diferentes estanterías de la biblioteca como sobre la página del diario. El lector encuentra lo que no buscaba. Construye el sentido de cada texto a partir de su coexistencia con otros en el mismo número de la revista o sobre la misma página del periódico. Y gracias a la materialidad del libro, ubica en la totalidad de la narración el fragmento que lee. Es una lógica topográfica.

La lógica del mundo digital, que se organiza a partir de clasificaciones temáticas, es la lógica del algoritmo, destinado a identificar y satisfacer los intereses y gustos de los lectores, considerados como series de datos.

Más allá, la lectura digital es una lectura plasmada por las prácticas de las redes sociales. Estas prácticas imponen una lectura acelerada, impaciente, fragmentada, que autentifica la verdad de los enunciados leídos a partir de su difusión dentro de una misma comunidad de usuarios, sin necesidad o deseo de averiguarlos. Permite encontrar en un “click'” lo que se busca. Al mismo tiempo, pone en jaque la definición antigua del “libro”, que supone una arquitectura en la cual cada elemento desempeña un papel particular, y aleja de la lectura lenta, atenta, incrédula, que requieren tanto los libros que no nacieron como digitales como el uso crítico de la razón.

Hace veinte años, en su libro “La edición sin editores” André Schiffrin hablaba de la reducción de los catálogos de calidad en beneficio de grupos dedicados a fabricar best- sellers, y de cómo unas pocas editoriales independientes eran las únicas capaces de publicar libros de calidad. ¿Dos décadas después el panorama editorial se mantiene en esos términos o ha empeorado?

La rápida rotación de los libros en las librerías no permiten encontrar sus lectores y no existe más la compensación de las ventas reducidas de los títulos más exigentes por los éxitos comerciales de los best-sellers. Los editores deben publicar los libros conforme a las expectativas ya establecidas de los lectores. De ahí, la importancia otorgada a las estadísticas en cuanto a las preferencias de los lectores, el ajuste de la oferta editorial a una demanda ya existente y, más recientemente, las previsiones de los algoritmos. Cada día se hace más difícil para los editores la resistencia a esta tiranía de los algoritmos. Muchos de ellos resisten y se quedan fieles a la definición tradicional del oficio del editor que propone libros que sorprenden a los lectores, que desafían sus expectativas, que enriquecen su conocimiento. Merecen el apoyo de los poderes públicos y nuestra atención como lectores y compradores de libros.

En paralelo al avance del Covid-19, los gigantes informáticos como Netflix, Amazon y Facebook, que tienen una velocidad de propagación que se puede equiparar con la de un virus, han aumentado exponencialmente su poder. ¿En qué medida los públicos lectores están atravesados también por esta lógica de la viralización y terminan definiendo sus lectores a partir de lo que se impone masivamente?

Es verdad que la metáfora del virus encontró éxito: un video se vuelve “viral”, un virus electrónico puede destruir la computadora como el covid-19 destruye vidas y hábitos. Pero siempre existen intersticios en los mecanismos de imposición que otorgan reticencia y resistencia. Nadie está obligado a volverse prisionero de los algoritmos de Amazon o de las falsas noticias de Facebook. Hacerlo es abandonarse a una servidumbre voluntaria. Es nuestra responsabilidad como editores y periodistas ayudar a los otros a sustraerse a las facilidades e ilusiones del mundo digital.

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