Así hablaron hace 30 años los recapturados de la gran fuga de la ex cárcel pública

El entonces periodista de la revista Análisis y hoy director de este medio, Francisco Martorell, consiguió los testimonios exclusivos de 6 presos políticos que tras la fuga de sus compañeros fueron trasladados a una celda de castigo. A pesar de la difícil situación lograron, con lápiz grafito y escribiendo en papeles muy pequeños, comunicar qué estaba ocurriendo al interior del penal santiaguino y entregar los primeros detalles del gran escape.

“Al cierre de esta edición, seis de los siete presos políticos recapturados en los primeros momentos de la fuga cumplían más de 10 días en celdas de castigo y aislados del resto del penal. Sin embargo, ANÁLISIS tuvo acceso en forma exclusiva a sus testimonios que, a pesar de la difícil situación, ellos nos hicieron llegar” señalaba el comienzo del reportaje Así nos fugamos publicado en el semanario que dirigía Juan Pablo Cárdenas.

Era febrero de 1990, un mes antes que Patricio Aylwin asumiera la presidencia, tras 17 años de dictadura y pocos días después que 49 presos políticos pertenecientes al Frente Patriótico Manuel Rodríguez lograran fugarse a través de un túnel de la ex cárcel pública, en la calle General Mackenna (sector Mapocho).

Los rumores entonces, más la situación de clandestinidad a la que pasaron los que alcanzaron a salir por el otro lado del túnel de 80 metros, hacían de la situación una de las noticias más espectaculares del año, tal como lo cuenta la película Pacto de Fuga dirigida por David Albala y protagonizada por Benjamín Vicuña, Roberto Farías, Amparo Noguera y Francisca Gavilán.

Martorell, reportero de Análisis, estableció un contacto que le permitió tener acceso exclusivo al interior de la cárcel y lograr que Jorge Saldivia, Manuel Araneda, Horacio y Marcelo Rodríguez, Pedro Marín y Jorge Martínez contaran la situación que vivían en la celda de aislamiento, ciertas características de la fuga y detalles desconocidos para la opinión pública, como por ejemplo que era falso que la gran envergadura de uno de ellos, al quedar atascado a la salida del túnel, hubiera impedido que fueran más los que se escaparan ese día.

“Debo resaltar que es absolutamente falso que haya quedado atrapado o atorado en alguna parte del túnel” señaló Martínez en el escrito, donde cuenta que después de varios días en celda de castigo se encontraba más repuesto. “Solo quedan señales de los hematomas en diferentes partes del cuerpo, producto de la golpiza que con pies, puños y culatazos de Uzi que recibí por parte de personal de Gendarmería en el momento de mi captura”.

Martinez relató que de vuelta a la cárcel “me enviaron al ‘metro’, que son celdas de castigo. Me amarraron las dos manos por la espalda con cadenas. Me tiraron al suelo, totalmente desnudo y me encadenaron el pie izquierdo con las manos. Estuve tirado, de esa forma, entre las 4 y las 8:30”.

Él fue informado a la una de la madrugada de la existencia del túnel que durante 18 meses construyeron 24 presos políticos, algunos ingenieros y para el cual removieron cientos de toneladas de piedras y tierra. “Medité largo rato sobre los pasos que daría. Decidí fugarme”.

Ingresé al túnel alrededor de las 2 y media. Con bastante dificultad lo fui sorteando, incluso en el interior tuve que descansar. Finalmente llegué hasta la salida, donde pude observar, con infinita alegría, unas palmeras. También pude ver dos siluetas que resultaron ser funcionarios de Gendarmería que se encontraba revisando toda el área. Ahí me quedé tranquilo. Por mi espalda aparecieron dos gendarmes que me capturaron”, señaló Martínez en la publicación de Análisis, revista que desapareció en abril de 1993.

Jorge Saldivia, por su parte, señaló que fue un perro el que alertó a los gendarmes del lugar donde se encontraba la salida. Comenzaron a escuchar sus ladridos y pensaron en regresar, pero no lo hicieron. Cuando salieron del túnel, dice que de una casita una persona desnuda les gritó algo y que comenzó a caerles una lluvia de balas. “Corrimos hasta la estación Mapocho. Como no teníamos salida, decidimos tirarnos al río. Seguía la balacera. Ahora también nos disparaban de Borgoño. Seguimos río abajo y decidimos seguir hasta Renca por el agua”.

Marcelo Rodríguez, otros de los recapturados, fue trasladado a la Primera Comisaría de Santiago y cuenta que allí recibió desde amenazas de muerte hasta golpes. “En mi caso por estar herido, producto de la fuga, me hicieron firmar un documento que certificara la naturaleza de mis golpes. Esto fue antes del interrogatorio con capucha y esposas realizado por agentes de civil, de la misma forma que lo hacen en los cuarteles de la CNI” señaló Rodriguez en su escrito, al que le acompañó dibujos de la celda de castigo.

“Estuvimos los seis recapturados encapuchados y esposados de espalda en una celda oscura y grande, donde se sentía el olor a orina del suelo. Nos tuvieron allí casi dos horas. Si queríamos ir al baño, no nos dejaban. Teníamos que orinarnos en los pantalones”.

Pedro Marín es quien mejor describe el túnel por el que buscó su libertad hace 30 años. No estaba en la lista de los que debían escapar y se enteró por casualidad cuando fue al baño y vio un hoyo, “con olor a humedad, con un zumbido extraño sin resonancia, que me recuerda un oleaje suave”, cuenta. Y agrega: “Me introduzco en él con mucha dificultad, sobre todo de los hombros. Caigo unos tres metros, giro el cuerpo y observo un túnel iluminado y muy largo. Allí recién desperté. Pensé que era un sueño, no me convencía de tanta maravilla”, recuerda.

Marín narró a Análisis los detalles del ducto, formado con botellas de plástico y ampolletas en el suelo que se perdían en la distancia. También menciona unos listones, los que pudieron ser usados como rieles. Dice que se acordó de la película El gran escape y que pensó en su familia. “Comencé el desplazamiento a punto y codo. Por mi contextura me resultó muy difícil recorrer más de 100 metros por solo 50 centímetros de diámetro. Eran golpes por todos lados y faltaba mucho el aire. A la vista era un verdadera obra de ingeniería, que solo tenía un tercio iluminada, que además tenían un cordel con nudos para ayudarse a avanzar, pero que no usé por temor a que desmoronara. No sentía miedo, solo la incertidumbre de no saber hacia dónde salía o si había sido detectada mi fuga. Calculo que atravesé el ducto en 7 minutos”.

Cuenta Marín que al acercarse a la boca de salida, junto con recibir aire fresco, comenzó a escuchar disparos de dos direcciones distintas. Al salir, en la oscuridad y percatarse que los que salieron antes se cambiaron de ropa, solo atinó a correr y saltó el murallón que lo separaba del río. “Sentía que iba en el aire y que no llegaba nunca al agua. Felizmente pude amortiguar bien el golpe y no tuve lesiones, a pesar de haber muchas piedras. Ahora considero que mi salto fue una locura, porque creo que hay una altura de siete metros”. Ya en el agua, llegó hasta una presa, donde se encontró con uno de los fugados, Carlos Pino, quien se quedó atrás y no pudo cruzar. Finalmente pudo salir del agua, no sin dificultad, luego de casi ahogarse porque lo agarró un remolino.

El relato de Marín lo continuó Horacio Rodríguez, quien contó a Análisis que también tuvo que desafiar al Mapocho y que junto a Jorge Saldivia, Marcelo Rodríguez, Pedro Marín y Carlos Pino, salieron a unos 200 metros del Puente Balmaceda.

“Miramos hacia arriba, donde había un vehículo policial. Yo salgo a la carretera y veo un auto de Investigaciones que pasa lentamente. Bajo nuevamente y nos quedamos acurrucados unos contra otros para proporcionarnos calor. Veíamos las bengalas que tiraban para iluminar el río. Sentíamos que estaban cada vez más cerca. Un carabinero logró detectarnos con su linterna y nos ordenó salir. Arriba un oficial nos pregunta si somos presos políticos. Al decirle que sí, en forma irónica comenta que nos van a tratar como antes. Nos ordena tirarnos a suelo. Un cabo comienza a golpearnos. Otro oficial, mientras tanto, grita para abajo ante la eventualidad de que queden más compañeros. Como no salió nadie, comenzó a disparar”.

Manuel Araneda, señala que una vez en la Primera Comisaría, empezó otro calvario. “Comenzaron a mirarnos con furia. Luego, los insultos y las amenazas: ¿Quién fue el conchadesumadre que los trajo vivo?, gritaban”. Tras un rato, que volvió la tranquilidad, llegaron varios civiles y posteriormente personal del GOPE. Cuenta que un teniente que le dijo que no había olvidado su cara, porque la había visto en la Comisaría de San Fernando, los días en que Araneda fue torturado, entre el 25 y el 29 de octubre de 1988, por la toma del poblado Los Queñes.

“Posteriormente comienzan a llamarnos uno por uno. Los que salían no volvían a la celda. Fui el último. Me sacaron tomado de ambos brazos, crucé un pasillo y me sentaron en un sillón. Comenzó el interrogatorio un hombre de voz peculiar y amable, que reconocí en forma inmediata. Era la misma voz de aquellos largos días de torturas inhumanas en San Fernando. Se produce un mutuo emplazamiento. Recuerdo que le dije que ya no tenía voz para vender huevos. Él se dio cuenta que lo había reconocido y me respondió en una forma muy alterada. Fueron alrededor de 20 minutos. Le recordé la forma brutal en que fui torturado al igual que mis compañeros Ledesma, Medina y Ugarte. Fueron cinco las veces que recibí ‘telefonazo’. En ese momento se burlaron de la suerte que corrieron Raúl Pellegrín y Cecilia Magni”.

“Nos pillaron. Nos miramos, salimos. ¡Qué diablo! Lo habíamos intentado. escribió Jorge Saldivia sobre el intento que hicieron hace tres décadas, un día como hoy.

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