Crisis de identidad en la vieja España (II): Atrapados en los relatos

La sociedad catalana, otrora ejemplo de convivencia integradora, se ha partido en dos mitades emocionalmente polarizadas por el magnetismo de dos relatos antagónicos.

Por Francisco J. Lozano*

La tormenta económica que estalló en 2008 no se limitó a arrasar con muchas expectativas de prosperidad sino que generó un desaliento emocional de consecuencias mucho más profundas.

Nos encontramos en 2011. En el paisaje emocional de las tierras de España el tiempo de los relatos se acelera al son que marca la calle. Las plazas públicas (la Puerta del Sol en Madrid, la Plaça de Catalunya en Barcelona,…) se tornan en campamentos del nuevo ejército de los indignados. Empiezan a hilvanarse los relatos que canalizarán las iras desatadas y que definirán la manera en que los hechos pasados van a ser percibidos. El intemporal “¡el pueblo unido jamás será vencido!” (ecos de una Transición que pasa a ser cuestionada) vuelve a escucharse, remasterizado, en las calles de media España, acompañado de unos gritos de nuevo cuño (“¡abajo la casta!”, “¡políticos, ladrones!”). En paralelo, en las calles catalanas, fuertemente castigadas por los recortes aplicados por su propio gobierno autonómico (de ADN cien por cien ‘convergent’), los gritos de “¡España nos roba!” se añaden a todos los demás.

Cuantificar el tamaño del ‘expolio’ se convierte en la batalla dialéctica de moda. La asignación de responsabilidades, primera etapa en la gestión de la ira, encuentra aquí uno de los factores diferenciales entre Catalunya y el resto de España en la evolución de unos relatos hasta entonces bastante coincidentes. Mientras en la práctica totalidad del país el foco permanece sobre la gestión injusta de la crisis y la corrupción, en Catalunya el foco deja pronto de centrarse en las causas y se orienta hacia el futuro. En contraste con la manera reactiva (y básicamente inmovilista) con que el ejecutivo del presidente Rajoy leyó el momento, el catalanismo más combativo supo mover con eficacia la primera ficha del combate por el relato. Así, dictaminan que el pasado ‘español’ ha sido un freno ancestral y el futuro dentro de un Estado catalán (que imaginan impoluto y depurado de defectos, sin vicios adquiridos) constituye una esperanza. ¿Qué sería capaz de hacer una Catalunya de por sí productiva, eficiente y rica, si además dispusiera de los fondos expoliados por un sistema de financiación autonómica extractivo? Una promesa de prosperidad, ese era el nuevo mantra. La Diada del 11-S de 2012, bajo el lema “Catalunya: Nuevo Estado de Europa”, inunda la Ciudad Condal con un millón y medio de personas y constituye la primera gran demostración de fuerza (le seguirán muchas más) de sus convocantes, la ANC (Assemblea Nacional Catalana), cuyos líderes (junto con los de Òmnium Cultural) pasan a dictar la agenda política y toman las riendas de un relato que deja de ser catalanista para convertirse en nítidamente independentista y que se demuestra capaz de acumular una masa crítica lo suficientemente compacta y transversal como para hacerles sentir que ha llegado por fin su definitiva cita con la historia.

Sin embargo, la gestión del relato independentista ha estado más abocada al cultivo de su escenografía interna (cargada de simbolismos y gestualidad para autoconsumo de los ya convencidos) y al cuidado de su percepción internacional (la primavera catalana, la revolución de los claveles, ‘esto va de democracia y de libertad’, la revolución de las sonrisas, el mandato del pueblo, ‘¡dejadnos votar!’…) que al análisis de sus posibilidades. Una apuesta por la épica en detrimento de la mesura y la reflexión. Aquí se halla, a mi modo de ver, el error (y el exceso) más incomprensible en la cadena de decisiones que los dirigentes independentistas adoptaron, una vez que accedieron por vez primera (en 2015) a la responsabilidad de gobierno gracias a una legítima mayoría parlamentaria (53,3%) que no social (47,8%). Pese al apasionamiento del relato cuesta aceptar como socialmente responsable la opción de arrastrar en su última parada antes de Ítaca a más de la mitad de su población, que, por razones diversas, no comparte este relato. Algo que los actos postreros del independentismo en el poder (en el lúgubre otoño del 2017 en el que se consumó el choque de incompetencias entre dos gobiernos sin altura de miras) optaron por obviar. Como consecuencia, la sociedad catalana, otrora ejemplo de convivencia integradora, se ha partido en dos mitades emocionalmente polarizadas por el magnetismo de dos relatos antagónicos (el de la ‘restitución’ de una autoproclamada legítima república catalana y el de la defensa de la unidad de la nación española) que buscan, en esencia, la reafirmación de identidades bajo una pátina indisimulada de patriotismo y parecen estar consolidando posiciones en un escenario de lucha que trasciende ya a Catalunya para abarcar al conjunto de mi país, en directa confrontación con el relato de la indignación y de la ira.

Puedo entender que la historia se describa con relatos pero quiero pensar que se escribe a base de proyectos. Y mientras los españoles seguimos atrapados en nuestros propios relatos, hay un proyecto transversal por emprender, tan complejo como estimulante. De él me propongo hablar en mi próxima entrega.

*Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Barcelona. Autor del libro Por la Vía de la Regeneración (Círculo rojo).

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