Máximo Quitral: la Historia en tiempos de la creatividad

Por estos días el humor ha vuelto a estar en la agenda, no sólo por la interpelación a la que son expuestos los políticos de todos los sectores, sino que también por el clima social que vive nuestro país, tras las revueltas populares del 18 de octubre.

Por Máximo Quitral, Historiador y politólogo UTEM

La incomodidad que representa el humor político no es algo nuevo, pues es un fenómeno que se viene dando hace un largo tiempo en distintos escenarios nacionales. Natalia Valdebenito, Edo Caroe, Sergio Freire, León Murillo, Chiqui Aguayo, Jorge Alís, Mauricio Palma y Stefan Kramer, han sido parte de este nuevo ciclo de humor con fuerte sentido social y contextual.

A mi modo de ver, la historia tiene un rol importante en el resurgir del humor político en Chile y sobre el cual me referiré en las próximas líneas.

             Máximo Quitral

En una sociedad como la nuestra, altamente mediatizada y digitalizada, con individuos hiperconectados con el mundo y consumidores de estereotipos sacados de cuentos de fábulas, que la historia sea un recurso disciplinar ocupado por mentes creativas, llama profundamente la atención. Estamos en presencia de una sociedad que banaliza y expone sus momentos más íntimos, casi en una búsqueda permanente de adulación desenfrenada que nos haga sentir plenos de reconocimiento, pero que desnuda una profunda soledad. Esta soledad está estimulada por un sistema perverso y dañino como es el sistema neoliberal, que descompuso el tejido social, resquebrajó la cohesión y desdibujó la integración social. Atentó, además, contra la capacidad reflexiva del individuo, impidiendo que se cuestione su entorno y busque explicaciones a lo que lo rodea, al punto de debilitar la empatía de su condición de clase.

Bajo este contexto es que resulta interesante que algunos actores sociales vinculados a las artes, busquen en la historia sociopolítica del nuevo Chile, argumentos más allá de lo puramente estético para proponer una fuerte crítica social al actual estado de la sociedad, de las instituciones y del individuo.

Si bien la creatividad no es algo propio de este momento y lugar, hoy ha tomado un valor superlativo para una sociedad que -en apariencia- estuvo dormida, que naturaliza peligrosamente que se violenten sus derechos humanos y que espera que otros resuelvan lo que ellos deben mejorar.

Desde los comienzos del mundo clásico que la creatividad era vista como una virtud divina entre quienes la desarrollaban, tanto en Grecia como en Roma, pero fue a partir del S. XVII donde la creación del hombre dejó de ser algo exclusivamente divino, para que entrado el S. XIX el arte fuera considerado algo creativo, transformando a sus exponentes en verdaderos artistas.

Podríamos definir a la creatividad como una herramienta de análisis coyuntural sobre las personas, procesos políticos, ambientes sociales y contextos que le permiten al creador desarrollar nuevas interpretaciones sobre lo que le rodea. Pero es acá donde la historia cobra valor y sentido, ya que al ser una disciplina que investiga el pasado para comprender el presente y proponer un futuro, la relación entre creatividad e historia hoy se torna inseparable.

El artista que busca trascender con sus creaciones, debe navegar hacia las aguas de la historia para encontrar elementos de inspiración que doten de sentido a su propuesta creativa y a través de esa vía, despertar la curiosidad de quienes intentan en sus micros espacios cambiar su entorno social.

Las próximas generaciones de artistas deben prestar atención a los procesos históricos que los envuelven para que la propuesta que les interesa proyectar, cumpla una función superior a lo que se pretende originalmente: sólo hacer reír.

Si logra entender y ahondar en la relación historia-creatividad, contribuirá a fomentar el surgimiento de nuevos humoristas, que entiendan la existencia de un Chile que muchos pretendieron ocultar y que hoy se hizo visible a todo el mundo.

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