No es sólo la pandemia

Por Santiago A. Levín, médico psiquiatra, presidente de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA).

Quien esto escribe ha formado parte del extenso grupo de profesionales de la salud que ha salido a opinar, comentar, asesorar a funcionarios y ayudar a la población general a pensar con mejores elementos en medio de la crisis sanitaria. O al menos esa ha sido la intención -quedará en otros juzgar hasta qué punto se ha logrado el objetivo-.

Se ha dicho mucho. Por momentos, incluso, se ha dicho demasiado. Extraño fenómeno comunicacional que, por un lado, no alcanza a movilizar voluntades en aras de un cuidado solidario; pero, por el otro, genera hartazgo y hasta rechazo frente al incesante monotema de la pandemia.

De a poco, esas maravillas de la ciencia y de la técnica que llamamos vacunas irán llegando y esta agotadora experiencia mundial se irá convirtiendo en pasado. Un pasado que dejará marcas, sin dudas, pero que irá quedando, como todo, atrás.

¿Y entonces? ¿Ya está? ¿Ya pasó todo? No faltan los analistas que pronostican una etapa de excesos y desenfrenos, una especie de belle époque que vendrá a restañar las heridas, a compensar el tiempo perdido.

Desconozco si tal cosa ocurrirá, pero tengo por seguro que, de ocurrir, afectará a una pequeña porción de las clases más favorecidas de nuestro castigado planeta, aquellas por las que se mueve la publicidad, las que definen los temas “de interés” de los que se ocupa la prensa. En fin, ese grupo humano no representativo del conjunto pero que pareciera ser el único que existe porque es el que más consume.

¿Cómo será nuestro mundo en la post pandemia? Peor que en la etapa previa, sin dudas. Miremos un solo indicador, fiel reflejo del orden mundial en el que vivimos: antes de la actual pandemia de coronavirus morían, en todo el mundo, algo más de 3 millones de niños y niñas menores de 5 años por desnutrición cada año. Sí, leyó bien: ¡3 millones cada año! ¡Por desnutrición, en un mundo en el que sobran los alimentos!

Es casi imposible que este número no haya aumentado a causa del enorme estrago económico que significó y sigue significando la crisis sanitaria, con su impacto mayor en los estratos sociales más desfavorecidos. Desde el inicio de la pandemia hasta enero de 2021 (el dato es de Oxfam), la fortuna de los 10 sujetos más ricos del planeta habría aumentado en quinientos mil millones de dólares, lo que financiaría con creces una vacuna universal -para toda la humanidad, sin excepciones- y aún sobraría dinero para evitar la caída en la pobreza de millones por causa de la coronacrisis.

Quienes venimos del campo de la salud hemos dicho muchas cosas desde el inicio de la pandemia. Hemos hablado de injusticia sanitaria, de sistema fraccionado, de recursos mal administrados, de años de desinversión. Hemos señalado como una monstruosidad inaceptable que en plena crisis mundial se naturalice sin protestas que unas pocas empresas lucren con las vacunas, que debieran ser patrimonio de la humanidad. Hemos solicitado prioridad para los grupos más vulnerables -en el caso de los y las psiquiatras, nuestro pedido apuntó a las personas que padecen trastornos mentales severos, mucho más vulnerables al contagio y a la muerte por Covid 19-.

Pero si algo muestra claramente la pandemia es que no es posible un sistema sanitario justo y solidario en un mundo que no lo es. No hay cambio sanitario sin un profundo replanteo de las inequidades de base, que son el mayor determinante de enfermedad como lo señalara, de un modo brillante, nuestro Ramón Carrillo.

No es solo la pandemia. Es un orden mundial que no se sostiene más.

No hay salud pública sin equidad social, ni equidad social sin un fuerte movimiento de participación ciudadana que la promueva, la conquiste y la sostenga.

No es solo la pandemia, ni solo la vacuna.

Fuente: Télam

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