De la UNCTAD al GAM

Es de esperar que, más temprano que tarde, la gran Sala vuelva a ser prioridad para Chile y su cultura.

Por Arturo Navarro, periodista.

Una idea de homenaje y un nombre: Gabriela Mistral, recorren la historia cultural de Chile desde 1972. Ese año, en abril se celebró en Santiago la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo: la UNCTAD III.

Para el evento se construyó, en 275 días, el Edificio UNCTAD III que luego pasó a ser el Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral. El presidente Allende lo entregó al Ministerio de Educación y nombró a su cargo a Irma Cáceres de Almeyda.

Con el golpe militar de septiembre de 1973, el edificio cambió de uso y de sexo: se llamó Diego Portales y funcionó como sede del gobierno y la Junta militar.

Con el retorno de la democracia, el edificio pasó a ser una especie de centro de convenciones, administrado por el Ministerio de Defensa.

Un inesperado incendio, a inicios de 2006 y del primer gobierno de Michelle Bachelet, despertó el sueño de Allende y llevó -usanzas democráticas de entonces- a que la presidenta del flamante Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, Paulina Urrutia, llevara hasta la máxima autoridad cultural colegiada: la Convención Nacional, la propuesta de Bachelet de que fuera Cultura la que se hiciera cargo del edificio.

Los convencionales, inspirados por el aire marino del sector Caleta Portales -dónde se desarrolló la Convención Nacional- decidieron por amplia mayoría que el edificio dejara ese nombre y se convirtiera en el Centro Nacional de Artes Escénicas y Musicales.

Era lógico, teníamos museos nacionales de Bellas Artes; de Historia Natural; de Historia y una formidable Biblioteca Nacional. Eran las artes escénicas y musicales las más desprotegidas.

Escuchando atentamente el acuerdo colectivo, Bachelet creó un Comité Interministerial, presidido por Urrutia e integrado por los ministerios incumbentes: Defensa; Vivienda y Bienes Nacionales. El MOP sería la secretaría técnica a través de su Dirección de Arquitectura.

Con esta estructura, se convocó a la fiesta de los arquitectos: un Concurso. Ganó el plan del equipo que dirigía Cristian Fernández y se puso manos a la obra.

Paralelamente, se creó la Corporación de derecho privado, sin fines de lucro que gestionaría el edificio. La integraban todos quienes serían sus principales usuarios: las universidades nacionales y regionales que tenían elencos estables; el Teatro Municipal; las agrupaciones gremiales del sector; la Fundación Teatro a Mil y dos corporaciones aguerridas en la administración de grandes espacios culturales: Estación Mapocho y Centro Cultural La Moneda.

Ese esquema, en el fondo dependía directamente de la Presidencia pues a ella debe reportar cualquier iniciativa Interministerial.

El cambio de gobierno del 11 de marzo de 2010, cuando asume Sebastián Piñera, sorprendió al Centro Cultural muy cerca de ser inaugurado en su primera etapa y con una pequeña planta de trabajadores que comenzaban a dibujar su marcha blanca. Y a una Corporación muy activa, que acogió de buena gana el correspondiente cambio de presidente, de Urrutia por Luciano Cruz Coke, nueva autoridad del Consejo Nacional de la Cultura.

Así, el presidente Piñera inauguró oficialmente el Centro Cultural Gabriela Mistral la noche del 4 de septiembre de 2010, en el contexto de las celebraciones del Bicentenario, destacando que recuperaba su vocación cultural.

El Comité Interministerial había cumplido su misión dejando pendiente la llamada segunda etapa, una gran sala que podría acoger hasta 2500 personas.

Con el fin del Comité, la obra pasó a integrar la larga lista de trabajos del MOP y a depender de las prioridades de gobierno y ministro de turno.

Lo más grave, salió de la posición de prioridad presidencial que le dio Bachelet.

Y comenzó la danza de avances y retrocesos de la que la actual situación es una más.

Es de esperar que, más temprano que tarde, la gran Sala vuelva a ser prioridad para Chile y su cultura.

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El Periodista